martes, 9 de diciembre de 2014

 LA ROBOTICA

 PRIMER PAIS DE ORIGEN:

Cuando se dice que Japón es uno de los países (por no decir “el país”) mejores preparados para enfrentar movimientos sísmicos es porque lo está, y no solo por la naturaleza de sus construcciones o por los planes de contingencia que conocen sus ciudadanos, sino también por la tecnología de la que disponen para el duro proceso de búsqueda de supervivientes.

En las labores de rescate de personas que han podido quedar bajo los escombros, las autoridades japonesas cuentan con unos aliados insuperables: Dos robots llamados “Quince”.

Los “Quince” son capaces de desplazarse por terrenos difíciles y superar obstáculos de diverso tipo. Además, por su diminuto tamaño y demostrada agilidad, logran llegar a sitios donde ningún humano podría acceder.

Los robots del futuro podrían parecerse más a un pulpo o a una estrella de mar. En la actualidad un nuevo campo de la robótica, denominado ‘soft robotics’ o robótica blanda, está emergiendo con fuerza, inspirado en los sistemas biológicos de peces, calamares o incluso las trompas de elefante, para llegar allá donde las estructuras rígidas no pueden hacerlo.

Los robots blandos no sólo tienen exteriores flexibles sino que, al igual que muchas estructuras biológicas, funcionan gracias a que contienen una red de canales huecos por los que se hace pasar un fluido a presión. 

FLEXIBLES, BLANDOS Y BARATOS

Un robot flexible, por el contrario, no tiene que saber dónde están sus extremidades en cada momento. “Podemos compararlo con un pulpo”, explica Martínez, “Se ha comprobado que el pulpo no sabe qué hacen sus extremidades todo el tiempo. Estas son, por decirlo así, independientes. Si tocan algo, lo agarran, y cuando el pulpo tiene un momento de ver si es comestible decide si echárselo a la boca o soltarlo. Lo mismo pasa con los robots. No tienen que saber dónde está cada una de sus extremidades en cada momento, sino que van reaccionando ante el entorno”.

 

 

 

 En febrero de 2012, un grupo de científicos de la Universidad de Pittsburgh implantaron dos microelectrodos en el cerebro de una mujer de 52 años, justo en la corteza motora, la zona responsable del control voluntario de los movimientos de las personas.